sábado, octubre 14, 2006

La libertad individual, vehículos y la ciudad


La libertad es el más preciado de los derechos humanos y eso no hay nadie que pueda ponerlo en duda.

Y ¿qué se entiende por libertad individual? ¿Es acaso una permisividad sin restricciones? Pues no. ¿Puede el ser humano hacer todo lo que plazca, pasando a llevar la libertad, también supuestamente individual, del otro? No.

El hecho de vivir en comunidad implica que el hombre se rige bajo ciertas normas de comportamiento y alternancia con el resto que lo obligan a no sobrepasar ciertos límites que comienzan en la libertad del otro. Por lo tanto, al hablar de libertad individual hay que asociar directamente este parámetro a la responsabilidad individual y a la responsabilidad social.

La libertad no es otra cosa que la posibilidad de tomar decisiones individuales de acuerdo con nuestras propias creencias y conveniencias. Va mucho más allá de estar o no encerrado en una jaula, como sería en el caso de los animales. No cabe duda que a mayor cantidad de decisiones tomadas de forma libre y sin presiones tendremos una mayor satisfacción personal y una sensación de haber cumplido con nuestra propia naturaleza.

Un ser humano educado para la libertad y en libertad es una persona que debe entender los límites de la responsabilidad individual, que debe contar con rasgos emocionales y psicológicos que le otorguen de una u otra forma cierta fortaleza de carácter, y debe estar consciente de que su tarea más importante consiste en elaborarse su propio destino como resultado de sus propias acciones.

En la ciudad existen diversos factores que afectan la libertad individual de cada uno de sus miembros.
Si pensamos en el
automóvil como un ente, éste sin duda es el que más afecta al espacio construido, a las relaciones sociales y al ambiente, dado que el conductor se fusiona con este modo de transporte y lo convierte en un objeto amenazante de la libertad individual del resto de los citadinos. Una sociedad que promete a todos libertad ilimitada de movimiento sólo puede garantizar un mínimo de espacio de circulación para algunos en la medida en que otros se quedan fuera del juego. Se podría decir que mi vecino automovilista monopoliza parte del espacio público al que yo no he renunciado y que él me roba cada día.

Una ciudad accesible es aquélla que se diseña a favor de sus ciudadanos y ciudadanas. Y ello quiere decir una ciudad multifuncional y compacta, en donde la accesibilidad se consiga a través de los modos de transporte más baratos, menos contaminantes y más universales: ir a pie, en bicicleta y donde sea preciso, en transporte público. Esto implica diseñar los espacios públicos, dentro de los que se incluyen calles y plazas, con relación a sus habitantes y no a los modos de transporte.

El volumen y la velocidad del automóvil requieren de un espacio exclusivo. La calle no permite la interferencia y la convivencia de usos.

La calle y, por consiguiente, la ciudad deja de ser de los transeúntes y pasa a ser de los automóviles.


Conforme todos y todas dependemos de este derecho de movilizarnos, se crean destinos, calles y avenidas que permitan la circulación a altas velocidades y al posibilitarse ciertas velocidades, y se crean distancias y destinos que sólo los vehículos motorizados pueden alcanzar.


Al restringir o ensanchar nuestra circulación a las posibilidades y ofertas del “veloz” transporte, las personas perdemos nuestra autonomía de movimiento y la sociedad se hace dependiente de una industria y se acepta estructuralmente la desigualdad. Y se ve claramente ejemplificado cuando se oye decir: “Si no tengo auto, no llego” o sino “tengo que pagar un taxi, porque para allá no hay locomoción”.


El daño ambiental producido por las emanaciones tóxicas de los vehículos (además de las industrias) nos hacen potencialmente vulnerables. Los efectos son particularmente visibles en personas enfermas del sistema respiratorio, ancianos y niños pequeños, que pueden presentar problemas respiratorios crónicos como asma, enfisema y bronquitis.


Debe además considerarse que la salud mental de una persona que maneja durante largos periodos de tiempo en un escenario congestionado se debilita. Esa lucha cotidiana contra el tráfico aumenta la presión arterial, disminuye la tolerancia a la frustración, provoca mal humor y agresividad al conducir.


Y no podemos dejar de lado al peatón “libre” que camina por la calle que corre el constante riesgo de ser atropellado.

Se llama a manejar con más cuidado, pero nadie permitiría jamás terminar con este tipo de modo de transporte a pesar de que es uno de los principales causantes de muertes en todo el mundo. Generalmente estos accidentes ocurren por exceso de velocidad, que efectivamente es un grave problema de seguridad.

Para mucha gente es imposible moverse sin auto: el automóvil modela el espacio y la vida. Yo soy poto con ruedas, pero en realidad si puedo usar micro lo hago. Uso el auto sobretodo por seguridad, porque soy enferma de miedosa, y porque siempre ando apurada. En todo caso, el auto ni siquiera es mío… así es que lo uso sólo cuando me lo prestan…
De todas formas… en Chile difíclmente alguien que tiene ingresos para usar el automóvil no va a dejar el vehículo en casa, porque el sistema público de transporte todavía está en pañales de lograr ser cómodo, seguro y confortante. Me da lata que los usuarios aún no sepan respetar las máquinas. Me da lata que los conductores no sean capacitados como corresponde y que no sepan tratar a los estudiantes como personas. Me da lata que todavía tengan que trabajar por el boleto cortado… me da lata ver invadida mi libertad de circular por una calle sin miedo a ser atropellada o sin miedo a que me asalten...


Hay que educar en la casa y en los establecimientos educacionales que el precio de la libertad incluye la molestia de tener que aceptar la convivencia con factores ingratos. Es decir, alternar con ruidos, contaminación, riesgos de atropellamiento…

El progreso realizado por la industria del automóvil en materia medioambiental y las herramientas que permiten la movilidad, elemento esencial de la libertad individual, marcarán sin lugar a dudas la innovación de los próximos años en el ámbito del transporte... Y así termina...