jueves, abril 19, 2018

Lo que me hizo clic

Ya se habrán dado cuenta que estos últimos 3 meses me he dedicado a vender, regalar y botar muchas cosas. Esto no es al azar. No es que tenga necesidad urgente de plata o que me haya quedado sin trabajo o que tenga que mudarme a otro país ni nada de eso.

Hay tres grandes razones y una de ellas muy muy importante:

1°. Tomé conciencia que no las necesito y no aportan en nada a mi vida ni a mi bienestar ni a mi felicidad

2°. Ocupaban espacios físicos en mi casa y se me estaba volviendo un poco agobiante el hecho de tener que esquivar obstáculos, ordenar a cada rato y mover "las cosas que algunas vez podrían servir" de aquí para allá y en realidad nunca han servido.

Y la más importante

3°. Tuvimos junto a D y la Fran a fin de año una experiencia límite que me hizo clic. No he escrito nunca sobre el accidente, salvo un pequeño texto en Facebook e Instagram. No había encontrado el momento adecuado ni las palabras correctas. Ahora puedo incorporarlo a un contexto en el cual hablar del apego a la vida y el desapego a las cosas materiales tienen mucho sentido. Y aquí voy…

He escuchado durante años a algunas personas decir, si es que no toda mi vida, que las cosas materiales no tienen ninguna importancia, que el dinero no hace la felicidad, que existe una ley de atracción que permite que nos ocurran cosas buenas si es que así creemos que será, que lo esencial es invisible a los ojos. A pesar de que está lleno de mensajes estilo Dalai Lama en todos lados, pasa algo curioso: nuestro estilo de vida, ese estilo que se nos impuso y que debemos cumplir de una u otra forma para encajar con los demás, hablemos de la última moda, los miles de productos de belleza, el último modelo de auto, teléfonos, computadores entre un sinfín de PRODUCTOS que nos harán más felices, pareciera no estar acorde con las frases que muchas veces llamamos cursis o cliché.

Miro hacia atrás y me sorprende haber estado sumergida en este mar de acumulación. No sé bien si tenía miedo a perder algo o me sentía muy sola. He leído que la acumulación se asocia a carencias o falta de algo, sin embargo no sabía que me sentía así o quizás no me daba cuenta del daño que me estaba causando. En estos pocos meses he logrado cambios tan radicales en mi casa que sin mentir debo haber eliminado unos 500 kg de cosas, entre muebles, ropa, artículos de ferretería, zapatos, libros, ropa de cama, pinturas (lacas y barnices), cables, comida (sí, comida vencida), productos de belleza y cosméticos, etc. Y les cuento que es verdad que una vez que ordenas tu espacio vital, te sientes más liviano, más descansado. Porque nuestra casa es nuestro espacio, DEBE ser el lugar donde nos sintamos seguros y en paz, no ese lugar al que no queremos llegar por “pucha, tengo que ordenar”. (ya me extenderé más en este punto más adelante en otro artículo).

El accidente me hizo clic. Cuando volví a mi casa después de haber pasado el año nuevo en el campo, adolorida pero descansada, encontré a mi perrita Coca enferma. Se murió esa misma semana. Un día después de mi cumpleaños. Boté tanta pena en lágrimas, entre el estrés del choque y esta pérdida tan dolorosa, mi corazón y mi cabeza hicieron clic. ¿De qué me sirve una casa llena de cosas si no me aportan felicidad, si no permiten que me sienta a gusto en ella y lo peor de todo, si no aportan a devolverme a mi perrita. ¡Basta! Ya fue suficiente, me dije.



Llevaba varios años pensando en ampliar mi casa. El espacio era insuficiente para todas las cosas que tenía guardar. Ése era mi argumento para pensar en ampliar. Estaba equivocada. Cuando decidí ampliar de una vez por todas (octubre 2017 lo decidí), me dije a mí misma que no me iba a permitir llenar la parte nueva con la misma acumulación. La casa ya no iba a ser la misma de antes. Iba a tener espacio a mí gusto, a mí estilo, como yo quería que fuera y no acomodando lo que tenía. Si había que cambiar todo, lo haría. Y lo hice.

Las decisiones radicales son difíciles de tomar, pero hace falta un empujón o un empujoncito, para partir. De vuelta en mi casa, a comienzos de año, imaginaba mirando todo el “desastre” que había en mi casa, en la bodega, en la leñera, dentro de los clósets y de los cajones si el accidente hubiera sido fatal, ¿qué habría pensado mi familia al tener que revisar todo lo guardado? ¿qué habrían hecho con las cosas? Quizás habrían pensado que me gustaba guardar todo eso o se habría preguntado ¿por qué guardaba esto? ¿y esto otro? Es algo que me dio vueltas varios días. Y entonces… partí con la eliminación. En inglés hay un concepto llamado “decluttering” que no tiene traducción al español, pero que significa sacar de tu casa todo lo que no te aporte, desechar cosas inútiles, limpiar, ordenar, organizar, etc. Eso fue lo que apliqué y lo sigo haciendo.

Me faltaba un clic. Y fueron varios clics en poco tiempo. Fue como un reseteo. Una nueva oportunidad. No le doy a nadie la sensación de estar vivo sabiendo que tu vida puede acabar en unos segundos. Todo lo demás se recupera, menos la vida. Si necesito algo, lo compraré cuando lo necesite. Ya no necesito guardar cosas que algunas podrían servir, porque quizás nunca más me vayan a servir.


Dedicato a ti, mi perrita linda. Sigues siempre presente en mi corazón.

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