martes, agosto 13, 2013

Viviendo con mascotas

Llevo 2 años y medio viviendo en mi casa propia. Soñé durante mucho tiempo tener esa anhelada independencia, porque muchos años tuve que vivir bajo el alero de mis padres junto a mi hija. Recuerdo esos años de espera en los que tenía una angustia tremenda, ya que lo que más quería era tener mis propios horarios, vivir a mi ritmo, con mis propias reglas… y un perro que me moviera la cola al llegar a casa. Y así fue.

La casa ubicada en condominio no tenía el patio deseado, solo arena suelta rodeada de panderetas. Cada propietario debía en este caso hacerse cargo de su patio trasero, cercarlo para dividirlo del antejardín y obviamente adornarlo a la pinta de cada uno. Les cuento esto, para que entiendan lo que va a suceder en el resto de la historia.




Por una ganga compré 1.000 adocretos de hormigón que me permitieron “forrar” gran parte del patio de arena. Con esto, tomó aires de terraza y ya podía instalar la mesa y las sillas que me regaló mi madre para una Navidad. Después instalé una bodega en una esquina con unos pastelones. Faltaba solo el pasto para terminar la decoración.

Al poco tiempo de vivir en la casa nueva, tuve la gran idea de adoptar una perrita que sería esa ansiada mascota que moviera la cola y que nos acompañaría para el resto de su vida. Una cachorrita tímida y asustadiza con muchas ganas de cariño. Se lo dimos, sin embargo, al parecer no fue suficiente. Como cada uno tenía sus prioridades y no mucho tiempo para dedicarle, provocó en ella la necesidad imperante de llamar la atención o de matar el tiempo en asuntos que quizás le parecían entretenidos. Hoyos por doquier. 

La lista de elementos destruidos probablemente no contenga todo lo que realmente fue: plato de agua y plato de comida (plásticos), salida de goma de la puerta de la cocina, juguetes, cama de espuma, diarios, cartones, basurero, ropa interior, toallas, colgador de ropa, escoba, pala, puerta de madera, repisa para mis plantas, pelotas reventadas y hechas añicos, sillas de terraza, pedales de la bicicleta de mi hija, maceteros incluidas las plantas… Se nos ocurrió una mejor idea al año siguiente. Adoptar otra perrita. Con esto supusimos que la perrita estaría acompañada y podría gastar su energía con ella. ERROR n° 1. La pequeña cachorra aprendió todas las malas costumbres y juntas además de convertirse en verdaderas pirañas, se arrancaban hacia el condominio por debajo de la pandereta, cuyos forados casi hacen que uno de los pilares que la afirma se viniera abajo. Para evitar la seguidilla de perforaciones en el patio, fuimos nuevamente inteligentes y compramos pasto en palmetas, pensando que no harían hoyos en el pasto. ERROR n° 2. Se lo comieron (SE COMIERON 20 m2 DE PASTO) y siguieron excavando y arrancándose. Intentamos sacarlas a pasear con correa, como lo hacen todos los perros civilizados. Ellas no. Al suelo y no avanzaban. Junto con todo esto, llegaban los reclamos de los vecinos, pues se metían a sus patios, hacían caca, robaban lo que encontraran incluidas las bajadas de ducha, peluches, chopinos, bolsas de basura, entre otras cosas que a modo de regalo las dejaban en mi antejardín, que por supuesto las delataban.

Aguanté 1 año y medio este calvario. Muchos podrán decirme que a los 2 años se les pasa. Otros me dirán que los perritos son los mejores amigos del hombre. Todavía me sensibilizo cuando veo perros callejeros, enfermos y con hambre. Pero considero que sacrificar mi felicidad, mis proyectos por un animal no es justo. Tuve las mejores intenciones de criar a estas dos perritas, las esterilicé, les di siempre alimento de buena calidad, sin embargo, no respondieron jamás a lo que pensé que podría ser vivir con ellas. Lamentablemente, el poco tiempo en casa y las miles de funciones que debo cumplir, no hicieron compatibles esta vida en conjunto.

Tenía muchas expectativas al irme a vivir a mi casa y esta situación me estaba llevando al colapso emocional. Nadie quería salir al patio porque era un desastre. Todo repartido en todos lados. Nadie podía dejar nada afuera por miedo a que fuera devorado.

Por ello es que regalé a las perritas y agradezco a quienes las adoptaron. Mi patio era muy pequeño para sus necesidades, ahora andan en el campo revoloteando. 

Después de esta pésima experiencia, no quiero saber más de mascotas destructivas. Lo único bueno, es que siempre fueron mansitas, nunca las vi peleando ni gruñendo a las personas. Tuve perros cuando era niña, pero nunca vi tal grado de destrucción como el que generaron estas dos.