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lunes, marzo 30, 2009

Salida de clases 13:00hrs


Hace unas semanas nos reunimos un grupo de papás del curso del colegio de mi hija en una parcela alejada de Concepción. Lo pasamos super bien, conversamos mientras se cocinaba un asado en un quincho que parecía cámara de gases porque el humo nos tenía medio asfixiados.


Dentro de las conversaciones con uno de ellos, salió el tema de la hora de salida de los chicos.

Hace un año, llegaba a pie a buscar a mi "petite", la mayor parte del tiempo llegaba antes que abrieran la reja... y recordé aquélla época en que yo era alumna y debía esperar casi una hora para que mis padres me fueran a buscar, lloviera, relampagueara o hiciera HAAAAMBRE. Nada perdonaba el hecho de que SIEMPRE era la última en irme de la portería del colegio (junto a mis hermanas)... y me llamaba la atención esas mamás tan devotas que a partir de las 12:10 hrs. ya se encontraban fuera del establecimiento tooodos los días esperando a sus diablillos.

No sería peor mi pesar, que teníamos que volver corriendo a las clases de las 15:00 hrs, porque antes de extenderse la jornada completa, nosotros teníamos clases en las mañanas y en la tardes. Probablemente eso haya generado esa casi nula conversación a la hora de almuerzo y esa forma tan particular de comer casi por las orejas para tragar lo más rápido posible...

Y se repite la historia, con la diferencia que jamás he llegado tarde a buscar a la pequeña. En ese sentido soy bien responsable y no pretendo hacerla esperar más de la cuenta (a menos que sea por un asunto muy importante), porque yo viví ese calvario y resulta bien penoso... el tema es que tampoco soy de esas madres "sin nada más que hacer" que se instalan a esperar a los niños... En una hora se puede hacer bastante más cosas que estar sentada en el auto mirando el aire pasar. Corren suerte aquellas mamás que se juntan a copuchar, por lo menos en ese caso podría justificarse... Y se me ocurrió lanzar el mensaje al aire con un papá y típico que uno la caga sin querer: saltó otra mamá que dice que ella todos los días está a las 12:15 hrs clavada en segunda fila porque sino después no hay donde dejar el auto... y una pelando, diciendo que cómo no van a tener nada mejor que hacer...

Lo interesante de la salida de clases es la variedad (sin considerar la cantidad) de vehículos tipo jeep-familiar de diversas marcas y estilos. Yo me conformo con mi Palio recién adquirido, chiquitito y rendidor... lo mejor de todo es que cabe en todos lados...

Me opongo a la idea de "acampar" afuera del colegio por un puesto para recoger a los pequeños, así como propongo que en esa cuadra se prohíba el estacionamiento a la hora peak de salida de clases de los cabros, porque el taco que se forma en Chacabuco con Aníbal Pinto llega a ser estresante, más aún si consideramos que muchos de estos padres son absolutamente indiferentes al momento de estacionar sus autos en doble fila, sin intermitente y peor, sin conductor...


domingo, marzo 02, 2008

Llegó marzo!


Tengo latente en mi memoria el recuerdo de los primeros días de clases.

Mi primer gran desafío fue entrar a prekinder en el colegio. No era la hermana mayor, así es que siempre iba un paso atrás de mi hermana que como primogénita tuvo que vivir todas las experiencias sola. Ese día que mi papá me fue a dejar a la sala, lloré… y recuerdo que al año siguiente también lloré. No sé por qué lloraba, pero sí recuerdo que abrazaba a mi papá aferrada, hasta que la Madame me calmaba y me decía que era muy lindo todo lo que iba a suceder, que no tuviera pena, que no tuviera miedo…

Todos los años la entrada a clases, más que para nosotras (mis hermanas y yo), era para mis papás un evento.


Todos los años teníamos que posar para la foto de entrada a clases frente al frontis del colegio. Hay algunas que miro con espanto sobretodo aquéllas de mi época entre púber y adolescente, pero al poco rato me provocan ternura. Mal que mal, era yo la que elegía ponerme las calcetas L’eggs hasta la rodilla con el jumper hasta esa misma altura… Y era mi mamá la que me definía el corte de pelo que llegué a odiar. ¡Porque mi pelo era indomable! Casi una melena de león.

En los tiempos de jardín, cuenta mi mamá que nunca logró verme llegar con los dos moños igual a como ella me los había dejado plantados temprano en la mañana. Tampoco nunca pudo verme llegar sin los bototos plomos (porque eran negros), con las calcetas a la misma altura o sin las rodillas negras.
Era un monstruito… un Mowgli viviendo en la ciudad. Pero lo pasaba bien.

Fui creciendo, aprendí a leer y a escribir de forma notable, en español y en francés. Una linda caligrafía, buena lectura en voz alta… mi profesor de 1º básico, Monsieur Montserrat, me regaló una copa en un concurso de lectura que hizo en mi curso. Salí segunda, por equivocarme en una palabra… mi más grande fracaso a tan poca edad… y empecé a ser muy perfeccionista. Creo que es algo que mantengo, por desgracia, hasta ahora…

Con el tiempo fui desarrollando mis habilidades de mandona. Fui Presidenta de curso. Mi mamá se metió en la Directiva… En el colegio, en esos años aún en tiempos de Dictadura, había mucho “nuevo rico” o también llamado “roto con plata”. Se olía el arribismo, en una época donde las pesqueras y las forestales, además de las microempresas zapateras, eran el boom de la economía de esta región. Entonces había mucha mamá dueña de casa que esperaba a los cabros chicos estacionada afuera del colegio media hora antes de la salida, harto papá que iba a las reuniones de apoderados a mostrar su falta de respeto y su nueva forma de vida adquirida hace poco. Cuando se ponían de acuerdo para la cuota mensual que financiaría las actividades de fin de año, muchos decían que la cuota debía ser alta para darle a los niños un buen paseo de fin de año… pero a la hora de pagar, muchos se corrían hasta última hora… Y con esos padres arribistas se generaban hijos arribistas que se burlaban de la mochila, los zapatos, del auto o del peinado que llevaras.

En esos tiempos, ochentas, comprarse un auto bonito era tan caro como comprarse una casa. Y había gente que podía pagarlo, aunque vivieran arrendando…

Y sí, se burlaron de mí por la falta de marca de mis cosas. En ese entonces era súper importante llevar la marca de moda… nunca tuve las zapatillas de lona Topper, ni los pantalones Fiorucci o el bolso con olor de Il Gioco. Sufrí absurdamente por no poder estar en la misma onda, y ahora me doy cuenta que todo eso pertenece a una forma de ver la vida muy básica y ridícula.

Recordaba mis primeros días de clases… un febrero en que había que comprar el uniforme, si es que no heredaba el de mi hermana mayor. Lo más importante eran los zapatos. Como usaba plantillas tenía que usar zapatos de caña alta… los famosos bototos que odié cuando aparecieron los hermosos mocasines que nunca pude usar…

Cada entrada a clases era un nuevo paso. Siempre cambiábamos. Verano tras verano se producían metamorfosis en nuestros cuerpos. Más grandes, más flac@s o gordos, más altos, con el pelo más corto o más largo… Algunos llegaban mucho más altos debido al estirón. Otros llegaban con la voz cambiada o llenos de gallitos. Las niñas llegaban más pechugonas…
Recuerdo con nostalgia aquellos días… y me da lata acordarme de mi edad del pavo… porque fui muy mala hija.

Ahora, me toca vivir a mí el otro lado de la moneda… mi hija entró el miércoles pasado a clases, a prekinder. Se veía tan linda con su uniforme. Me ha costado levantarme temprano para ir a dejarla, pero la carrera ya empezó y ya no para…